La gastronomía dejó de ser un complemento del viaje para convertirse en uno de sus principales motivos. El turismo gastronómico vive una etapa de expansión sostenida y, de acuerdo con proyecciones de analistas internacionales, continuará creciendo de manera significativa hacia 2034, posicionándose como uno de los segmentos más dinámicos del mercado turístico global.
Viajar para comer —o comer para viajar— es una tendencia que ha transformado la forma en que los destinos se promocionan y se desarrollan. Restaurantes de autor, mercados tradicionales, rutas del vino, festivales culinarios y experiencias inmersivas en cocinas locales se han convertido en atractivos turísticos tan poderosos como las playas, los museos o los sitios históricos.
Organismos como Organización Mundial del Turismo han señalado en distintos reportes que la gastronomía es un factor clave en la diferenciación de destinos. Los viajeros actuales buscan autenticidad, identidad cultural y experiencias memorables, y la cocina local se presenta como una puerta directa a la historia y tradiciones de cada región.
El crecimiento proyectado hacia 2034 se explica por varios factores. En primer lugar, el cambio en el perfil del turista: consumidores más informados, con mayor interés por productos locales, sostenibilidad y experiencias personalizadas. En segundo lugar, el impacto de las redes sociales, que han convertido platillos y restaurantes en fenómenos virales capaces de atraer visitantes internacionales.
Ciudades como Lima, San Sebastián, Ciudad de México, Tokio o Copenhague han capitalizado esta tendencia al posicionarse como capitales gastronómicas globales. La presencia de restaurantes reconocidos en rankings internacionales, así como festivales de alto perfil, funciona como catalizador para atraer visitantes de alto poder adquisitivo.
En América Latina, el turismo gastronómico representa además una oportunidad estratégica para el desarrollo regional. Rutas del mezcal y del tequila en México, circuitos del café en Colombia, experiencias en bodegas argentinas o mercados tradicionales en Perú son ejemplos de cómo la cocina impulsa economías locales y fortalece cadenas productivas que van desde el agricultor hasta el chef.
Otro elemento clave es la profesionalización del sector. Escuelas culinarias, certificaciones, eventos especializados y alianzas entre sector público y privado están elevando la calidad de la oferta. La gastronomía se convierte así en herramienta de diplomacia cultural y promoción internacional.
Las proyecciones hacia 2034 apuntan a un crecimiento sostenido tanto en número de viajeros motivados por la comida como en el gasto promedio por experiencia. El turismo gastronómico tiende a generar mayor derrama económica, ya que involucra consumo en restaurantes, productos locales, talleres, catas y actividades complementarias.
Además, la tendencia hacia prácticas sostenibles está redefiniendo la propuesta de valor. El uso de ingredientes de temporada, la reducción de desperdicio y el apoyo a productores locales no solo responden a una demanda ética, sino que fortalecen la identidad del destino.
En este contexto, la gastronomía ya no es solo parte del viaje: es el viaje mismo. Con proyecciones de expansión importantes hacia la próxima década, el turismo gastronómico se perfila como un pilar estratégico para ciudades y países que buscan diferenciarse en un mercado cada vez más competitivo.
La mesa, más que nunca, se convierte en el punto de encuentro entre cultura, economía y experiencia.




